Progreso de Cavalcanti el Joven
Entre tanto, el padre de M. Cavalcanti había regresado a su ocupación, no en el ejército de Su Majestad el Emperador de Austria, sino en las mesas de juego de los baños de Lucca, de las que era uno de los cortesanos más asiduos.
Se había gastado hasta el último céntimo de lo que se le había asignado para el viaje como recompensa por la manera tan majestuosa y solemne en que había mantenido su papel fingido de padre.
M. Andrea a su partida heredó todos los papeles que probaban que él tenía en efecto el honor de ser hijo del marqués Bartolomeo y de la marquesa Oliva Corsinari. Se hallaba ya plenamente lanzado en esa sociedad parisina que da tan fácil acceso a los extranjeros, y los trata, no como realmente son, sino como desean que se les considere. Además, ¿qué se le exige a un joven en París? Hablar medianamente su idioma, tener buena presencia, ser un buen jugador y pagar al contado. Ciertamente, son menos exigentes con un extranjero que con un francés. Andrea había alcanzado, pues, en quince días, una posición muy aceptable. Le llamaban conde, se decía que poseía 50.000 libras de renta anual; y las inmensas riquezas de su padre, sepultadas en las canteras de Saravezza, eran un tema constante.