que salí de Tolón sin dar el aviso correspondiente, y entonces me escoltarían de regreso a las costas del Mediterráneo. Después volvería a ser simplemente el número 106, ¡y adiós a mi sueño de parecer un panadero retirado! No, no, muchacho; prefiero quedarme honradamente en la capital.
Andrea frunció el ceño. Ciertamente, como él mismo había reconocido, el reputado hijo del comandante Cavalcanti era un tipo terco. Se detuvo un momento, echó una rápida ojeada a su alrededor, y enseguida su mano fue a parar al bolsillo, donde comenzó a juguetear con una pistola. Pero, entretanto, Caderousse, que no había apartado los ojos de su compañero, pasó la mano por detrás de la espalda y abrió una larga navaja española que llevaba siempre consigo para estar preparado en caso de necesidad. Los dos amigos, como vemos, eran dignos