—No hay la menor duda —pensó—; es algún prisionero que se esfuerza por conseguir su libertad. ¡Ah, si estuviera allí para ayudarlo!
De pronto otra idea se adueñó de su mente, tan habituada a la desgracia que apenas era capaz de albergar esperanza: la idea de que el ruido lo producían los obreros que el gobernador había mandado para reparar el calabozo vecino.
Era fácil averiguar esto; pero ¿cómo podía arriesgar la pregunta? Era fácil llamar la atención de su carcelero sobre el ruido y observar su rostro mientras escuchaba; ¿pero no podría destruir por este medio esperanzas mucho más importantes que la efímera satisfacción de su propia curiosidad? Por desgracia, el cerebro de Edmundo seguía tan débil que no podía centrar sus pensamientos en nada en particular. No vio más que un medio para devolver la lucidez y la claridad a su juicio. Dirigió los ojos hacia la sopa que el carcelero le había traído, se levantó, tambaleándose se acercó a ella, se llevó