que es noble como un Borghese y rico como una mina de oro”.
—Me parece —dijo Franz, hablando en voz baja a Albert—, que si este personaje merecía los grandes panegíricos de nuestro mesonero, habría transmitido su invitación por otro medio, y no habría permitido que nos fuera traída de esta manera tan poco ceremoniosa. Habría escrito, o bien...
En ese instante alguien llamó a la puerta.
—Pasa —dijo Franz.
Un sirviente, con una librea de considerable estilo y riqueza, apareció en el umbral y, poniendo dos tarjetas en las manos del mesonero, quien de inmediato se las presentó a los dos jóvenes, dijo:
—Por favor, entregue esto, de parte del conde de Montecristo al vizconde Albert de Morcerf y al señor Franz d’Épinay. El conde de Montecristo —prosiguió el criado—, ruega a estos caballeros permiso