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nydus/The Count of Monte CristoPublic
Página 514 de 1978
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XXXII. El despertar

—¿Por qué —le comentó a Gaetano—, me dijiste que el señor Simbad iba a Málaga, cuando parece ser que se dirige a Porto-Vecchio?

—¿No recuerda —dijo el patrón— que le dije que entre la tripulación había dos bandidos corsos?

—Es verdad, y va a desembarcarlos —añadió Franz.

—Exactamente —respondió Gaetano—. Ah, es alguien que no teme ni a Dios ni al diablo, según dicen, y que se desviaría cincuenta leguas de su camino en cualquier momento para hacerle un favor a un pobre diablo.

—Pero unos servicios de esta naturaleza podrían comprometerle con las autoridades del país en el que ejerce este género de filantropía —dijo Franz.

—Y ¿qué le importa eso a él —respondió Gaetano con una carcajada—, ni a ninguna autoridad? Se ríe de ellas. ¡Que intenten perseguirlo! Pues, en primer lugar, su yate no es un barco, sino un pájaro, y le sacaría a cualquier fragata tres nudos de ventaja por cada nueve; y si se lanzara a la costa, vamos, ¿acaso no tiene la seguridad de encontrar amigos en todas partes?

Era perfectamente evidente que el Signor Simbad, anfitrión de Franz, tenía el honor de hallarse en excelentes términos con los contrabandistas y bandidos de toda la costa del Mediterráneo, y gozaba por ello de privilegios excepcionales. En cuanto a Franz, ya no tenía ningún aliciente para permanecer en Montecristo. Había perdido toda esperanza de descubrir el secreto de la gruta; en consecuencia, despachó su desayuno y, estando su barca lista, se apresuró a subir a bordo y no tardaron en zarpar. En el momento en que la barca emprendió su curso, perdieron de vista el yate, que desaparecía en el golfo de Porto-Vecchio. Con él se borró el último rastro de la noche anterior; y entonces la cena, Simbad, el hachís, las estatuas, todo se convirtió en un sueño para Franz.

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