«pero cuando visito un país empiezo a estudiar, por todos los medios de que dispongo, a los hombres de los que pueda tener algo que esperar o que temer, hasta llegar a conocerlos tan bien como ellos mismos, tal vez mejor. De esto se deduce que el procurador del rey, sea quien fuere, con el que tuviera que habérmelas, se vería sin duda más apurado que
—Es decir —respondió Villefort con vacilación—, que, siendo débil la naturaleza humana, todo hombre, según vuestro credo, ha cometido faltas.
—Faltas o crímenes —respondió el conde de Montecristo con aire negligente.
—Y que usted solo, entre los hombres a quienes no reconoce como a sus hermanos —pues así lo ha dicho usted— —observó Villefort con un tono que temblaba ligeramente—, usted solo es perfecto.
—No, no es perfecto —fue la respuesta del conde—; solo impenetrable, eso es todo. Pero dejemos este tono, caballero, si le disgusta; a mí no me perturba más su justicia que a usted mi clarividencia.
—No,