Las catacumbas de San Sebastián
En toda su vida, quizás, Franz no había experimentado jamás una impresión tan repentina, una transición tan rápida de la alegría a la tristeza como en aquel momento.
Parecía como si Roma, bajo el soplo mágico de algún demonio de la noche, se hubiera transformado de pronto en una vasta tumba. Por una casualidad, que aumentaba aún más la intensidad de las tinieblas, la luna, que iba menguando, no salió hasta las once, y las calles que el joven recorría estaban sumidas en la más profunda oscuridad.
La distancia era corta, y al cabo de diez minutos su coche, o más bien el del conde, se detuvo ante el Hôtel de Londres.
La cena estaba servida, pero como Alberto le había dicho que no regresaría tan pronto, Franz se sentó a la mesa sin él.
El signor Pastrini, que estaba acostumbrado a verlos cenar juntos, le preguntó el motivo de su ausencia, pero Franz se limitó a responder que Alberto había recibido la víspera una invitación que había aceptado.
La repentina extinción de los moccoletti, la oscuridad que había reemplazado a la luz y el silencio que había sucedido al tumulto, habían dejado en la mente de Franz cierta depresión que no carecía de inquietud. Así pues, cenó muy silenciosamente, a pesar de las oficiosas atenciones de su anfitrión, quien se presentaba dos o tres