—Bueno, ya veré... intentaré ingeniárselelas de alguna manera —dijo Andrea.
—Mientras tanto, ¿le subirás mi pensión mensual a quinientos francos, amiguito? Se me ha antojado algo y pienso buscar un ama de llaves.
—Bueno, tendrás tus quinientos francos —dijo Andrea—; pero es muy duro para mí, mi pobre Caderousse... te aprovechas...
—Bah —dijo Caderousse—, cuando se tienen tantos tesoros a disposición.
Diríase que Andrea se adelantó a las palabras de su compañero, tanto brilló su ojo como un relámpago, pero no fue sino por un instante.
—Es verdad —respondió—, y mi protector es muy amable.
—Ese querido protector —dijo