Un italiano culto
Asiendo en sus brazos al amigo tanto tiempo y ardientemente deseado, Dantès casi lo llevó hacia la ventana, para poder distinguir mejor sus facciones con la ayuda de la imperfecta luz que se filtraba a través de la reja.
Era un hombre de baja estatura, con el cabello blanqueado más por el sufrimiento y la pena que por la edad.
Tenía una mirada profunda y penetrante, casi sepultada bajo la espesa ceja gris, y una larga barba (todavía negra) que le llegaba hasta el pecho.
Su rostro delgado, profundamente surcado por la preocupación, y el audaz contorno de sus facciones bien marcadas, denotaban a un hombre más acostumbrado a ejercitar sus facultades mentales que su fuerza física.
Grandes gotas de sudor perlaban ahora su frente, mientras que las prendas que pendían de él estaban tan andrajosas que solo se podía adivinar el patrón con el que habían sido confeccionadas originalmente.
El extranjero podría rondar los sesenta o sesenta y cinco años; pero cierta agilidad y apariencia de vigor en sus movimientos hacían probable que hubiese envejecido más a causa del cautiverio que por el transcurso del tiempo. Recibió el entusiasta saludo de su joven conocido con evidente placer, como si sus afectos entumecidos se reavivaran y fortalecieran al entrar en contacto con alguien tan cálido y fervoroso.