pronunciado, consumido por el calor, revolcándome sobre el suelo de piedra de mi prisión. Mercédès, debo vengarme, porque sufrí catorce años; catorce años lloré, maldije; ahora te lo digo, Mercédès, debo vengarme.
El conde, temiendo ceder a las súplicas de aquella a quien con tanta pasión había amado, invocó sus sufrimientos en auxilio de su odio.
—Véngate, pues, Edmond —exclamó la pobre madre—; ¡pero que tu venganza caiga sobre los culpables, sobre él, sobre mí, pero no sobre mi hijo!
—Está escrito en el buen libro —dijo Montecristo—, que los pecados de los padres recaerán sobre sus hijos hasta la tercera y cuarta generación. Puesto que Dios mismo dictó esas palabras a su profeta, ¿por qué habría de procurar ser mejor que Dios?
—Edmond —continuó Mercédès, con los brazos extendidos hacia el conde—, desde el momento en que te conocí, he adorado tu nombre, he respetado tu memoria. Edmond, amigo mío, no me obligues a deslucir esa imagen noble y pura reflejada incesantemente en el espejo de mi corazón. Edmond, ¡si supieras todas las plegarias que he dirigido a Dios por ti mientras creí que vivías y desde que creí que debías de estar muerto! Sí, muerto, ¡ay de mí!, imaginaba tu cadáver sepultado al pie de alguna sombrora torre, o arrojado al fondo de un fosa por aborrecibles carceleros, ¡y lloraba! ¿Qué otra cosa podía hacer por ti, Edmond, además de rezar y llorar? Escucha; durante diez años soñé todas las noches el mismo sueño. Me habían contado que habías intentado huir; que habías ocupado el lugar de otro prisionero; que te habías deslizado en la mortaja de un cadáver; que te habían arrojado vivo desde lo alto del castillo de If, y que el grito que proferiste al estrellarte contra las rocas reveló por primera vez a tus carceleros que eran tus asesinos. Pues bien, Edmond, te lo juro por la