Edmond los miró por un momento con la sonrisa triste y apacible de un hombre superior a sus semejantes.
—En dos horas —dijo—, estas personas se marcharán siendo cincuenta piastras más ricas cada una, para ir a jugarse de nuevo la vida intentando ganar otras cincuenta; después volverán con una fortuna de seiscientos francos, y malbaratarán este tesoro en alguna ciudad con el orgullo de los sultanes y la insolencia de los nabos.
En este momento la esperanza me hace despreciar sus riquezas, que se me antojan desdeñables. Sin embargo, tal vez mañana el engaño obre de tal modo en mí que, a la fuerza, llegue a considerar tan despreciable posesión como la máxima felicidad.
¡Ah, no! —exclamó Edmundo—, eso no será. El sabio e infalible Faria no podía equivocarse en esto único. Además, más valdría morir que seguir llevando esta vida ruin y miserable.
Así Dantès, que tres meses antes no tenía más deseo que la libertad, ahora no tenía bastante libertad y anhelaba la riqueza. La causa no estaba en Dantès, sino en la Providencia, que, al limitar el poder del hombre, lo ha llenado de deseos ilimitados.
Entre tanto, por una brecha entre dos paredes de roca, siguiendo un sendero abierto por un torrente y que, según toda probabilidad humana, jamás antes había pisado pie humano, Dantès se aproximó al lugar donde suponía que debían de haber existido las grutas.
Siguiendo por la orilla y examinando el más pequeño objeto con seria atención, creyó poder distinguir, en ciertas rocas, huellas hechas por la mano del hombre.