sur-sudoeste, después de una semana de calma, cuando el capitán Gaumard se me acerca —debo decirle que yo estaba en el timón— y me dice: «Penelon, ¿qué piensas de esas nubes que se levantan allá a lo lejos?». Yo las estaba mirando en ese mismo momento. «¿Que qué pienso, capitán? Pues pienso que suben más rápido de lo que debieran, y que no estarían tan negras si no trajeran malas intenciones».—«Esa es también mi opinión —dijo el capitán—, y tomaré las precauciones necesarias. Llevamos demasiada lona. ¡A ver, todos a cubierta! Arriad las alas de proa y amainad el foquesín». Ya era hora; la borrasca se nos vino encima y el buque empezó a escorar. «Ah —dijo el capitán—, todavía llevamos demasiado trapo; ¡todo el mundo a bajar la mayor!». Cinco minutos después ya estaba abajo; y navegábamos con las gavias de mesana y los juanetes. —«Bueno, Penelon —dijo el capitán—, ¿a qué se debe que muevas la cabeza?». —«Pues —le contesté—, sigo creyendo que lleva usted demasiado». —«Creo que tienes razón —respondió él—, vamos a tener un vendaval». —«¿Un vendaval? Más que eso, tendremos una tempestad, o no sé lo que me digo». Se veía venir el viento como el polvo en Montredon; por suerte el capitán sabía lo que se hacía. «¡Tomad dos rizos en las gavias! —gritó el capitán—; soltad las bolinas, cazad las brazas, arriad los juanetes, estirad los aparejos de rizo en las vergas».
—Eso no bastaba para aquellas latitudes —dijo el inglés—; yo habría tomado cuatro rizos en las gavias y aferrado la escandalosa.