de que la propuesta que iba a hacerle sería bien recibida, no consideró necesario adoptar maniobra alguna para alcanzar su fin, sino que fue de inmediato directo al grano.
—Bien, barón —dijo—, heme aquí por fin; ha pasado ya algún tiempo desde que trazamos nuestros planes, y todavía no se han ejecutado.
Morcerf se detuvo ante estas palabras, esperando tranquilamente a que se disipara la nube que se había formado en la frente de Danglars y que él atribuía a su silencio; pero, por el contrario, para su gran sorpresa, se fue oscureciendo cada vez más.
“¿A qué alude usted, monsieur?”, dijo Danglars, como si estuviera intentando en vano adivinar el posible significado de las palabras del general.
—Ah —dijo Morcerf—, ya veo que es usted un meticuloso de las formas, mi querido señor, y quiere recordarme que los ritos ceremoniales no deben omitirse. Ma foi, le pido mil disculpas, pero como solo tengo un hijo y es la primera vez que pienso en casarlo, todavía estoy haciendo el aprendizaje, ya sabe; vamos, me enmendaré.
Y Morcef, con una sonrisa forzada, se levantó y, haciendo una profunda reverencia al señor Danglars, dijo:
—Barón, tengo el honor de pedirle la mano de la señorita Eugenia Danglars para mi hijo, el vizconde Alberto de Morcerf.
Pero Danglars, lejos de recibir esta salutación de la manera favorable que Morcerf