última campanada, al conde le pareció oír un leve ruido en el vestidor; a este primer sonido, o más bien a este primer roce, le siguió un segundo, luego un tercero; al cuarto, el conde supo a qué atenerse. Una mano firme y experimentada se ocupaba de cortar con un diamante los cuatro lados de un vidrio. El conde sintió que su corazón latía con más fuerza.
Tan habituados como puedan estar los hombres al peligro, tan prevenidos como puedan estar contra la asechanza, comprenden, por el aleteo del corazón y el estremecimiento del cuerpo, la enorme diferencia entre un sueño y una realidad, entre el proyecto y la ejecución.
Sin embargo, Montecristo se limitó a hacer una seña para avisar a Alí, quien, comprendiendo que el peligro se acercaba por el otro lado, se acercó más a su amo. Montecristo estaba deseoso de averiguar la fuerza y el número de sus enemigos.
La ventana de donde procedía el ruido estaba enfrente de la abertura por la cual el conde podía ver el tocador. Fijó los ojos en aquella ventana; distinguió una sombra en la oscuridad; luego uno de los vidrios quedó completamente opaco, como si se hubiera pegado por fuera una hoja de papel, después el cuadro se rajó sin caerse. A través de la abertura se introdujo un brazo para buscar el cerrojo,