provechoso! Adiós; me alejo de los hombres que de manera tan amarga se ofenden unos a otros.
El abate logró librarse con dificultad de los entusiastas agradecimientos de Caderousse, abrió él mismo la puerta, salió, montó a caballo, saludó una vez más al posadero, que no dejaba de proferir sonoras despedidas, y emprendió el regreso por el mismo camino que había traído al venir.
Cuando Caderousse se volvió, vio detrás de él a La Carconte, más pálida y temblando más que nunca.
—¿Es, pues, todo lo que he oído realmente verdad? —preguntó ella.
—¿Qué? ¿Que nos ha dado el diamante solo a nosotros? —preguntó Caderousse, medio aturdido de alegría—; ¡sí, nada más cierto! Míralo, aquí está.
La mujer lo contempló un momento y luego dijo, con voz sombría: —¿Y si es falso?
Caderousse