la mano izquierda la muñeca del asesino y se la torció con tanta fuerza que el cuchillo cayó de sus dedos entumecidos y Caderousse lanzó un grito de dolor. Pero el conde, sin hacer caso de su grito, siguió retorciéndole la muñeca al bandido hasta que, dislocado el brazo, este cayó primero de rodillas y luego de bruces al suelo.
El conde puso entonces su pie sobre su cabeza, diciendo: «No sé qué me detiene para no aplastarte el cráneo, bribón».
—¡Ah, piedad, piedad! —gritó Caderousse.
El conde retiró el pie.
—¡Levántate! —dijo él. Caderousse se levantó.
—¡Qué muñeca tiene usted, reverendo padre! —dijo Caderousse, frotándose el brazo, completamente amoratado por las