—¿Qué quiere decir usted, señor? —preguntó Villefort, temblando ante la nueva idea inspirada por el delirio de Morrel.
—Os lo digo yo, caballero, que en vos existen dos personas; el padre ha llorado bastante, que cumpla ahora su oficio el procureur.
Los ojos de Noirtier brillaron, y d'Avrigny se acercó.
—Caballeros —dijo Morrel, leyendo todo lo que pasaba por la mente de los testigos de aquella escena—, sé lo que digo, y ustedes saben tan bien como yo lo que voy a decir: ¡Valentine ha sido asesinada!
Villefort inclinó la cabeza, d’Avrigny se acercó más y Noirtier dijo «Sí» con los ojos.
—Ahora, señor —continuó Morrel—, en estos tiempos nadie puede desaparecer por medios violentos sin que se hagan averiguaciones sobre la causa de su desaparición, aun cuando no fuera una criatura joven, hermosa y adorable como Valentine. Ahora bien, señor Procurador del Rey —dijo Morrel con creciente vehemencia—, no se permite clemencia alguna; yo denuncio el crimen; a usted le corresponde buscar al asesino.
Los ojos implacables del joven interrogaron a Villefort, quien, por su parte, miró alternativamente a Noirtier y a d'Avrigny. Pero en lugar de hallar compasión en los ojos del médico y de su padre, solo vio una expresión tan inflexible como la de Maximiliano.
—Sí —indicó el viejo.
—Ciertamente —dio d’Avrigny.
—Señor —dijo Villefort, esforzándose por luchar contra aquella triple fuerza y su propia emoción—, se equivoca usted; aquí nadie comete crímenes. El destino me ha golpeado. Es horrible, en verdad, pero nadie asesina.