Solo Morrel recordaba con alarma que, si el 15 tenía que reembolsar los 50.000 francos del señor de Boville, y el 30 los 32.500 francos en letras —para los cuales, así como para la deuda con el inspector de prisiones, se le había concedido un plazo—, sería un hombre arruinado.
La opinión de todos los hombres de negocios era que, ante los reveses que sucesivamente habían agobiado a Morrel, le era imposible seguir siendo solvente. Grande fue, por lo tanto, el asombro cuando, a fin de mes, canceló todas sus obligaciones con su puntualidad habitual. Aún así, la confianza no se restableció en todos los ánimos, y la opinión general era que la completa ruina del desafortunado armador solo se había pospuesto hasta fin de mes.
El mes pasó, y Morrel hizo esfuerzos extraordinarios para reunir todos sus recursos. Antiguamente, sus efectos de comercio, a cualquier plazo que fuesen, se aceptaban con confianza e incluso eran muy solicitados. Ahora Morrel intentaba negociar letras a noventa días solamente, y ninguno de los bancos le concedía crédito. Afortunadamente, a Morrel le debían algunos fondos con los que podía contar; y, a medida que los fue recibiendo, se vio en condiciones de hacer frente a sus compromisos cuando llegó el fin de julio.
El agente de Thomson & French no había vuelto a ser visto en Marsella; al día siguiente, o dos días después de su visita a Morrel, había desaparecido; y como en esa ciudad no había tenido relación más que con el alcalde, el inspector de prisiones y el señor Morrel, su partida no dejó más rastro que en la memoria de estas tres personas.
En cuanto a los marineros del Pharaon, debieron de encontrar acomodos seguros en otra parte, pues ellos también habían desaparecido.
El capitán Gaumard, recuperado de su enfermedad, había regresado de Palma. Tardó en presentarse en casa de Morrel, pero el armador, al enterarse de su llegada, fue a verlo.