que la oficina de impuestos había olvidado poner su sello. El patrón debía sacar todo esto de Livorno libre de derechos y desembarcarlo en las costas de Córcega, donde ciertos especuladores se encargaban de expedir el cargamento hacia Francia.
Navegaron; Edmundo surcaba de nuevo el mar azul que había sido el primer horizonte de su juventud, y con el que tantas veces había soñado en prisión. Dejó la Gorgona a su derecha y Pianosa a su izquierda, y se encaminó hacia la tierra de Paoli y de Napoleón.
A la mañana siguiente, al subir a cubierta como lo hacía siempre a hora temprana, el patrón encontró a Dantès recostado en la borda, contemplando con intensa atención un montón de rocas de granito que el sol naciente teñía con una luz rosada. Era la isla de Montecristo.
La Jeune Amélie la dejó a tres cuartos de legua por la amura de babor y siguió rumbo a Córcega.
Dantès pensó, al pasar tan cerca de aquella isla cuyo nombre le resultaba tan interesante, que le bastaría con saltar al mar y en media hora estar en la tierra prometida.
Pero entonces, ¿qué podría hacer sin instrumentos para descubrir su tesoro, sin armas para defenderse? Además, ¿qué dirían los marineros? ¿Qué pensaría el patrón? Tenía que esperar.
Por fortuna, Dantès había aprendido a esperar; había aguardado catorce años su libertad, y ahora que era libre podía esperar al menos seis meses o un año por la riqueza. ¿Acaso no habría aceptado la libertad sin riquezas de habérsele ofrecido? Además, ¿no eran aquellas riquezas quiméricas?, ¿hijas del cerebro del pobre abate Faria, no habían muerto con él? Es cierto que la carta del cardenal Spada era singularmente circunstanciada, y Dantès se la repetía a sí mismo de cabo a rabo, pues no había olvidado una sola palabra.