de sus pasos sobre la gravilla, luego elevó los ojos con una inefable sonrisa de agradecimiento al cielo por habérsele permitido ser amado de aquel modo, y él también desapareció.
El joven regresó a su casa y esperó toda la noche y todo el día siguiente sin recibir ningún mensaje. Fue recién al tercer día, hacia las diez de la mañana, cuando se disponía a visitar al señor Deschamps, el notario, que recibió del cartero una pequeña esquela, que reconoció como de Valentine, aunque no había visto antes su letra. Decía lo siguiente:
Lágrimas, súplicas, plegarias, de nada me han servido. Ayer, durante dos horas, estuve en la iglesia de Saint-Philippe-du-Roule, y durante dos horas recé con el mayor fervor. El cielo es tan inflexible como el hombre, y la firma del contrato está fijada para esta noche a las nueve. Solo tengo una promesa y solo un corazón que dar; esa promesa os pertenece, ese corazón es también vuestro. Esta noche, pues, a las nueve menos cuarto en la verja.
Morrel fue también al notario, quien confirmó la noticia de que el contrato debía firmarse aquella misma noche. Luego fue a visitar a Montecristo y se enteró de aún más cosas. Franz había ido a anunciar la ceremonia, y la señora de Villefort también había escrito para suplicar al conde que la disculpara por no invitarlo; la muerte del señor de Saint-Méran y la peligrosa enfermedad de su esposa ensombrecerían una