ha apoderado en verdad de mi casa. Cuando le he visto, me estaba preguntando si acaso no le habría deseado algún mal a esos pobres Morcerf, lo cual habría justificado el refrán de «Quien mal desea a los demás, sobre sí lo echa». ¡Pues bien, palabra de honor!, me he respondido: «¡No!». No le deseaba ningún mal a Morcerf; era un poco orgulloso quizás, para ser un hombre que, como yo, ha salido de la nada; pero todos tenemos nuestros defectos. ¿Sabe usted, conde, que las personas de nuestra edad —no es que usted pertenezca a esa clase, usted aún es un hombre joven—, pero, como le decía, las
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CIV
1914