—Este tesoro te pertenece, querido amigo —respondió Dantès—, y solo a ti. No tengo derecho a él. No soy pariente tuyo.
—Tú eres mi hijo, Dantès —exclamó el anciano—. Eres el hijo de mi cautiverio. Mi profesión me condena al celibato. Dios te ha enviado para consolar, al mismo tiempo, al hombre que no pudo ser padre y al prisionero que no pudo obtener la libertad.
Y Faria tendió el brazo cuyo uso le quedaba al joven, el cual se arrojó a su cuello y lloró.