diversos temas, observando atentamente el rostro del hombre mientras lo hacía; pero ni una sola palabra ni una sola mirada insinuaron que tuviera la más mínima idea de haber visto antes a la persona con la que estaba conversando.
Dándole al marinero una moneda en contraprestación por su amabilidad, Dantès siguió adelante; pero antes de haber dado muchos pasos, oyó que el hombre lo llamaba a grandes voces para que se detuviera.
Dantès se volvió al instante para recibirlo.
—Le ruego que me perdone, señor —dijo el honrado hombre, con prisa casi sin aliento—, pero creo que se ha equivocado; tenía la intención de darme una pieza de dos francos y, vea, me ha dado un doble Napoleón.
—Gracias, mi buen amigo. Veo que he cometido un pequeño error, como usted dice; pero a modo de recompensa por su honradez, le doy otro doble Napoleón para que beba a mi salud y pueda invitar a sus compañeros a acompañarle.
Tan extrema fue la sorpresa del marinero, que ni siquiera pudo dar las gracias a Edmond, cuya figura que se alejaba continuó contemplando con mudo asombro. «Algún indiano rico», fue su comentario.
Dantès, mientras tanto, seguía su camino. Cada paso que daba oprimía su corazón con una nueva emoción; sus recuerdos primeros y más indelebles estaban allí; no había árbol, no había calle por la que pasara que no pareciera llena de gratos y caros recuerdos. Y así prosiguió su marcha hasta llegar al extremo de la Rue de Noailles, desde donde se divisaban por completo las Allées de Meilhan. En aquel lugar, tan cargado de gratos y filiales recuerdos, su corazón latía casi hasta estallar, las rodillas le temblaban bajo su peso, una neblina nubló su vista