anciano no habló y se puso pálido como la muerte. —«Ahora —prosiguió Carlini—, si he obrado mal, vengate»; y retirando el cuchillo de la herida en el pecho de Rita, se lo tendió al anciano con una mano, mientras que con la otra se desabrochaba el chaleco.
—«¡Has hecho bien! —respondió el anciano con voz ronca—; abrázame, hijo mío».
—Carlini se arrojó, sollozando como un niño, en los brazos del padre de su amada. Estas eran las primeras lágrimas que aquel hombre de sangre había derramado jamás.
—«Ahora —dijo el viejo—, ayúdame a enterrar a mi hija». Carlini fue por dos picos; y el padre y el amante comenzaron a cavar al pie de un enorme roble, bajo el cual iba a descansar la joven. Cuando la tumba estuvo hecha, el padre la abrazó primero,