—Sí, pero entonces le harán firmar su declaración y le carearán con aquel a quien usted ha denunciado; yo le proporcionaré los medios para sostener su acusación, pues conozco bien el hecho. Pero Dantès no puede permanecer eternamente en prisión, y tarde o temprano saldrá de ella; y el día en que salga, ¡ay de aquel que fue la causa de su encierro!
“Oh, no desearía otra cosa mejor que viniera a buscarme una pendencia”.
—¡Sí, y Mercédès! ¡Mercédès, que te detestará si tienes la desgracia de arañarle la piel a su bienamado Edmond!
—¡Es verdad! —dijo Fernand.
—No, no —continuó Danglars—; si resolvemos dar semejante paso, sería mucho mejor tomar, como voy a hacerlo, esta pluma, mojarla en este tintero y escribir con la mano izquierda (para que no se reconozca la letra) la delación que proponemos.
Y Danglars, uniendo la práctica a la teoría, escribió con la mano izquierda, y con una grafía invertida respecto a su estilo habitual y totalmente distinta a él, las líneas siguientes, que le tendió a Fernand y que este leyó en voz baja:
“El honorable fiscal del rey es informado por un amigo del trono y de la religión de que cierto Edmond Dantès, segundo del buque Pharaon, llegado esta mañana de Esmirna, tras haber tocado en Nápoles y Porto-Ferrajo, ha recibido de Murat una carta para el usurpador, y del usurpador una carta para el comité bonapartista en París. La prueba de este delito se encontrará al detenerle, pues la carta se hallará en su poder, o en casa de su padre, o en su camarote a bordo del Pharaon”.
—Muy bien —continuó Danglars—; ahora tu venganza tiene visos de sentido común, pues de ningún modo puede recaer sobre ti, y así el