de hacer que otro hombre responda por el riguroso destino que me está reservado. Otro podría amenazar con buscar al señor Franz, con provocarlo y con batirse en duelo con él; todo eso sería una insensatez. ¿Qué tiene que ver el señor Franz en esto? Me vio esta mañana por primera vez y ya ha olvidado que me ha visto. Ni siquiera sabía que yo existía cuando vuestras dos familias acordaron que debíais uniros. No tengo ninguna enemistad contra el señor Franz y os prometo que el castigo no recaerá sobre él”.
«¿En quién, pues?, ¿en mí?».
“¿En ti? ¡Valentina! ¡Oh, el cielo me libre! La mujer es sagrada; la mujer a quien uno ama es santa”.
«¿Sobre ti mismo, pues,