el abate de repente—, usted mismo estaba allí.
—¡Yo! —dijo Caderousse, asombrado—; ¿quién le ha dicho que yo estaba allí?
El abate vio que se había pasado de la raya, y añadió apresuradamente: —Nadie; pero para haberlo sabido todo tan bien, usted tuvo que ser testigo presencial.
—¡Es verdad, es verdad! —dijo Caderousse con voz ahogada—, yo estaba allí.
—¿Y no protestó usted contra semejante infamia? —preguntó el abate—; si no lo hizo, fue usted cómplice.
—Señor —respondió Caderousse—, me habían hecho beber hasta tal punto que casi perdí la noción de todo. Apenas tenía una idea confusa de lo que pasaba a mi alrededor. Dije todo lo que un hombre en tal estado puede decir; pero ambos me aseguraron que era una broma que se traían entre manos y totalmente inofensiva.
—Al