Franz, Albert y el conde continuaron descendiendo por el Corso. A medida que se acercaban a la Piazza del Popolo, la multitud se hacía más densa, y por encima de las cabezas de la muchedumbre se veían dos objetos: el obelisco, coronado por una cruz, que marca el centro de la plaza, y frente al obelisco, en el punto donde convergen las tres calles —del Babuino, del Corso y di Ripetta—, los dos postes del cadalso, entre los cuales brillaba la hoja curva de la mandaïa.
En la esquina de la calle se encontraron con el mayordomo del conde, que aguardaba a su amo. La ventana, alquilada a un precio exhorbitado, que el conde sin duda había querido ocultar a sus invitados, estaba en el segundo piso del gran palacio, situado entre la Via del Babuino y el Monte Pincio.
Constaba, como hemos dicho, de un pequeño vestidor que se comunicaba con un dormitorio y, cuando la puerta de comunicación estaba cerrada, los ocupantes se quedaban completamente solos. Sobre las sillas se veían colgados elegantes trajes de mascarada de raso azul y blanco.
—Como ustedes dejaron la elección de sus disfraces en mis manos —dijo el conde a los dos amigos—, he hecho traer estos, ya que serán los más usados este año; y son los más apropiados debido a los confites, pues con ellos no se nota la harina.
Franz escuchó las palabras del conde vagamente, y tal vez no apreció del todo esta nueva atención a sus deseos; pues estaba completamente absorto por el espectáculo que presentaba la Piazza del Popolo y por el terrible instrumento que se encontraba en el centro.