—¿Qué va a hacer usted? —inquirió el conde.
—Yo mismo le mostraré el camino de regreso —dijo el capitán—; es el menor honor que puedo rendir a su excelencia.
Y tomando la antorcha encendida de las manos del vaquero, precedió a sus huéspedes, no como un criado que cumple con un acto de cortesía, sino como un rey que precede a los embajadores.
Al llegar a la puerta, hizo una reverencia.
—Y ahora, excelencia —añadió—, permítame que le repita mis disculpas, y espero que no guarde ningún resentimiento por lo ocurrido.
—No, querido Vampa —respondió el conde—; además, compensa usted sus errores de un modo tan caballeresco que casi dan ganas de agradecerle que