parte del seto, que contenía el ingenioso artefacto que hemos llamado puerta, y por el otro por la vieja torre, cubierta de hiedra y salpicada de alhelíes.
Nadie habría pensado al mirar esta vieja torre ajada por la intemperie y adornada de flores (la cual podría asemejarse a una anciana engalanada para recibir a sus nietos en una fiesta de cumpleaños) que habría sido capaz de contar cosas extrañas, si —además de los orejones amenazadores de los que, según los proverbios, están provistas todas las paredes— hubiera tenido también voz.
El jardín estaba cruzado por un sendero de grava roja, bordeado por un seto de boj espeso, de muchos años de crecimiento, y de un tono y color que habrían encantado el corazón de Delacroix, nuestro Rubens moderno.
Este sendero tenía la forma de un ocho, trazando así, en sus sinuosidades, un paseo de sesenta pies en un jardín de solo veinte.
Jamás Flora, la fresca y sonriente diosa de los jardineros, había sido honrada con un culto más puro o más escrupuloso que el que se le rendía en aquel pequeño recinto. En efecto, de los veinte rosales que formaban el parterre, ni uno solo llevaba