de su carroza frente a la Via dei Pontefici y siga al campesino romano que le arrebatara la antorcha. Cuando llegue al primer peldaño de la iglesia de San Giacomo, asegúrese de atar un lazo de cintas de color rosa al hombro de su disfraz de arlequín, para que puedan reconocerlo. Hasta entonces no me
—Y bien —preguntó este, cuando Franz hubo terminado—, ¿qué opina de eso?
“Creo que la aventura está tomando un aspecto muy agradable”.
—Yo también lo creo —respondió Alberto—; y mucho temo que vayas solo al baile del duque de Bracciano.
Franz y Alberto habían recibido aquella mañana una invitación del célebre banquero romano.
—Ten cuidado, Alberto —dijo Franz—. Toda la nobleza de Roma estará presente, y si tu bella incógnita pertenece a la alta sociedad, tiene que