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nydus/The Count of Monte CristoPublic
Página 484 de 1978
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XXXI. Italia: Simbad el Marino

sabían que llevaba varios miles de francos en el cinto, y que a menudo habían examinado sus armas —que eran muy hermosas—, si no con envidia, al menos con curiosidad. Por otra parte, estaba a punto de desembarcar, sin más escolta que aquellos hombres, en una isla que, en verdad, tenía un nombre muy religioso, pero que, gracias a los contrabandistas y a los bandidos, no le parecía a Franz que fuera a ofrecerle gran hospitalidad. La historia de los barcos echados a pique, que durante el día le había parecido improbable, se le antojava muy verosímil por la noche; situado como estaba entre dos posibles fuentes de peligro, no apartaba los ojos de la tripulación ni la escopeta de las manos.

Los marineros habían vuelto a izar las velas, y la embarcación surcaba una vez más las olas.

A través de la oscuridad, Franz, cuyos ojos ya se habían acostumbrado más a ella, pudo ver la costa imponente a lo largo de la cual navegaba el bote y luego, al doblar un cabo rocoso, vio el fuego más brillante que nunca y, alrededor de él, a cinco o seis personas sentadas.

La llamarada iluminaba el mar a cien pasos a la redonda.

Gaetano bordeó la luz, manteniendo cuidadosamente el bote en la sombra; después, cuando estuvieron frente al fuego, se dirigió hacia el centro del círculo, cantando una canción de pescadores cuyo estribo cantaban sus compañeros.

A las primeras palabras de la canción, los hombres sentados alrededor del fuego se levantaron y se acercaron al desembarcadero, con los ojos fijos en la barca, tratando evidentemente

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