criado.
—Barrois —dijo Valentine—, cierre la puerta y no deje entrar a nadie.
Ella pasó primero.
Noirtier, sentado en su sillón y atento a cualquier ruido, estaba mirando hacia la puerta; vio a Valentine y su mirada se iluminó. Había algo grave y solemne en la aproximación de la joven que impresionó al anciano, y de inmediato su brillante mirada comenzó a interrogar.
—Querido abuelo —dijo ella apresuradamente—, ya sabes que la pobre abuela murió hace una hora, y ahora no tengo más amigo en el mundo que tú.
Sus expresivos ojos denotaban la más grande ternura.
«¿A ti sola, pues, puedo confesar mis penas y mis esperanzas?»
El paralítico hizo una seña afirmativa.
Valentine tomó la mano de Maximiliano.
—Mirad