La lluvia de sangre
“Al regresar el joyero al apartamento, echó a su alrededor una mirada escrutadora; mas no había nada que pudiera excitar sospecha, de no existir ya, ni confirmarla, si ya estuviera despierta. Las manos de Caderousse todavía aferraban el oro y los billetes, y La Carconte esbozó sus más dulces sonrisas al dar la bienvenida al regreso de su huésped.
“—Vaya, vaya —dijo el joyero—, me parece, buenos amigos, que temían por la exactitud de su dinero, pues lo han contado con tanto cuidado nada más irme”.
—«Oh, no —respondió Caderousse—, esa no era mi razón, se lo puedo asegurar; pero las circunstancias por las cuales hemos llegado a poseer esta riqueza son tan inesperadas que apenas podemos dar crédito a nuestra buena fortuna, y solo teniendo ante nuestros ojos la prueba real de nuestras riquezas podemos persuadirnos de que todo esto no es un sueño».
—El joyeró sonrió. —¿Tiene usted otros huéspedes en su casa? —inquirió.
—«Nadie más que nosotros —respondió Caderousse—; el caso es que no hospedamos viajeros; además, nuestra taberna está tan cerca de la ciudad, que a nadie se le ocurriría parar aquí».
“ —Entonces temo que le voy a causar muchas molestias”.
—¿Incomodarnos? De ninguna manera, querido señor —dijo La Carconte con su manera más amable—. De ninguna manera, se lo