la mañana, querido conde —respondió Danglars—. ¿Cómo le gustaría recibirlo?: ¿en oro, en plata o en billetes?
—Mitad en oro y la otra mitad en billetes de banco, si hace el favor —dijo el conde, levantándose de su asiento.
—Debo confesaros, conde —dijo Danglars—, que hasta ahora me había creído al corriente de la magnitud de todas las grandes fortunas de Europa, y, sin embargo, una riqueza como la vuestra me era totalmente desconocida. ¿Me atrevería a preguntar si hace mucho tiempo que la poseéis?
—Ha estado en la familia muchísimo tiempo —respondió Montecristo—, una especie de tesoro cuyo uso estuvo expresamente prohibido durante un cierto número de años, periodo en el cual los intereses acumulados duplicaron el capital. El plazo fijado por el testador para la disposición de estas riquezas se cumplió hace poco tiempo, y tan solo las he empleado en estos últimos años. Su ignorancia sobre este asunto se explica, por tanto, fácilmente. Sin embargo, dentro de poco estará mejor informado acerca de mí y de mis posesiones.
Y el conde, al pronunicar estas últimas palabras, las acompañó con una de esas sonrisas cadavéricas que solían infundir terror en el pobre Franz d’Épinay.
—Con sus gustos y los medios para satisfacerlos —continuó Danglars—, usted ostentará un lujo que sin duda nos dejará a los pobres y miserables millonarios completamente a la sombra. Si no me equivoco, es usted un admirador de la pintura, al menos eso juzgué por la atención que parecía prestarle a la