reprocho haber sido tan cruel e imprudente con mi petición.
—Oh, no es nada —dijo el conde de Montecristo.
Luego, acariciando la cabeza de la joven, continuó—: Haydée es muy valiente y a veces incluso encuentra consuelo en el relato de sus desgracias.
—Porque, señor —dijo Haydée con ardor—, mis desgracias me traen a la memoria vuestra bondad.
Albert la miró con curiosidad, pues aún no había contado lo que él más deseaba saber: cómo se había convertido en esclava del conde. Haydée advirtió de un vistazo la misma expresión en los rostros de sus dos oyentes; y continuó:
“Cuando mi madre volvió en sí, nos hallábamos ante el serasquier. —«Mata —dijo ella—, pero respeta el honor de la viuda de Alí». —«No es a mí a quien debes dirigirte», dijo Kourchid.
“—¿A