los guardias, las mujeres, el oro y al propio Alí Tepelini— a la primera señal dada por mi padre. Recuerdo muy bien que los esclavos, convencidos de lo precario del hilo de que pendían sus vidas, pasaban días y noches enteros rezando, llorando y gimiendo. En cuanto a mí, jamás podré olvidar la tez pálida y los ojos negros del joven soldado, y cada vez que el ángel de la muerte me llame a otro mundo, estoy bien segura de que reconoceré a Selim. No sabría decirles cuánto tiempo permanecimos en este estado; por entonces yo ni siquiera sabía qué era el tiempo. A veces, pero muy en raras ocasiones, mi padre nos hacía llamar a mí y a mi madre a la azotea del palacio; aquellas eran horas de recreo para mí, pues en la sombrora caverna no veía más que los rostros melancólicos de los esclavos y la lanza llameante de Selim. Mi padre se esforzaba por otear con ávida mirada el más remoto confín del horizonte, examinando atentamente cada mancha negra que aparecía en el lago, mientras mi madre, recostada a su lado, apoyaba la cabeza en su hombro, y yo jugaba a sus pies, admirándolo todo con esa inocencia ingenua de la infancia que envuelve de encanto objetos de por sí insignificantes, pero que a sus ojos están revestidos de la mayor importancia. Las alturas del Pindo se elevaban sobre nosotros; el castillo de Yanina surgía blanco y anguloso de las azules aguas del lago, y las inmensas masas de vegetación negra que, vistas desde la distancia, daban la idea de líquenes adheridos
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