«Me desperté cuando el reloj daban las seis. Levanté la cabeza; me encontraba en la más absoluta oscuridad. Llamé para pedir una luz, pero, como no acudía nadie, decidí buscar una por mí mismo.
No era, en verdad, sino anticiparme a las sencillas costumbres que pronto me vería en la necesidad de adoptar. Tomé una vela de cera en una mano y con la otra fui tanteando en busca de un pedazo de papel (estando vacía mi cerillera), con el cual me proponía encenderla en la pequeña llama que aún titilaba sobre las ascuas.
Temiendo, sin embargo, hacer uso de cualquier papel de valor, dudé por un momento, y luego recordé haber visto en el famoso breviario que estaba sobre la mesa, a mi lado, un papel viejo y amarillento por el tiempo, que había servido de marcapáginas durante siglos, conservado allí a petición de los herederos. Lo busqué a tientas, lo encontré, lo retoricé y, poniéndolo en la llama moribunda, le prendí fuego».
“Pero bajo mis dedos, como por encanto, a medida que el fuego ascendía, vi aparecer en el papel caracteres amarillentos. Lo apreté en mi mano, apagué la llama lo más rápidamente que pude, encendí mi bujía en el fuego mismo y abrí el papel arrugado con una emoción inespresable, reconociendo, una vez que lo hube hecho, que estos caracteres habían sido trazados con tinta misteriosa y simpática, que solo aparece al ser expuesta al fuego; cerca de un tercio del papel había sido consumido por la llama.
Era ese papel el que leíste esta mañana; léelo de nuevo, Dantès, y luego completaré para ti las palabras incompletas y el sentido inconexo.”
Faria, con aire de triunfo, ofreció el papel a Dantès, quien esta vez leyó las siguientes palabras, trazadas con una tinta de color rojizo parecida al óxido:
Este 25 de abril de 1498, es …