—Está bien —respondió la voz—; mañana.
Estas pocas palabras fueron pronunciadas con un acento que no dejaba duda de su sinceridad; Dantès se levantó, dispersó los fragmentos con la misma precaución que antes y volvió a empujar su cama contra la pared.
Luego se entregó por entero a su felicidad. Ya no estaría solo. Quizá iba a recuperar su libertad; en el peor de los casos, tendría un compañero, y el cautiverio compartido es medio cautiverio. Las quejas hechas en común son casi oraciones, y las oraciones donde dos o tres están reunidos invocan la misericordia del cielo.
Todo el día Dantès dio vueltas por su celda. De vez en cuando se sentaba en su cama, apretándose el corazón con la mano. Al menor ruido, corría hacia la puerta. Una o dos veces se le pasó por la cabeza la idea de que tal vez lo separarían de aquel desconocido, a quien