brillante color, el erizo de mar con su exterior espinoso y su delicado bocado en el interior, la almeja, estimada por los gastrónomos del Sur como superior al exquisito sabor de la ostra—todos los manjares, en realidad, que son arrojados por el remolino de las aguas sobre la playa de arena, y llamados por los agradecidos pescadores «frutos del mar».
—¡Un hermoso silencio, la verdad! —dijo el anciano padre del novio, mientras se llevaba a los labios una copa de vino del color y el brillo del topacio, que acababan de colocar ante la propia Mercédès—. ¿Quién diría que en esta sala hay un grupo feliz y alegre que no desea otra cosa que reír y bailar hasta que pasen las horas?
—Ah —suspiró Caderousse—, un hombre no siempre puede sentirse feliz por el hecho de ir a casarse.
—La verdad es —respondió Dantès—, que soy demasiado feliz para una alegría ruidosa; si eso es lo que queríais decir con vuestra observación, mi digno amigo, tenéis razón; la alegría produce a veces un efecto extraña, parece oprimirnos casi del mismo modo que la tristeza.
Danglars miró a Fernand, cuya naturaleza excitable recibía y delataba cada nueva impresión.
—¿Por qué?, ¿qué te pasa? —le preguntó a Edmundo—. ¿Temes algún mal cercano? Yo diría que eres el hombre más feliz sobre la tierra en este instante.
—Y eso es cabalmente lo que me alarma —respondió Dantès—. El hombre no me parece hecho para disfrutar de una dicha tan sin mezcla; la felicidad es como esos palacios encantados de que leíamos en nuestra infancia, cuya entrada y acceso defienden dragones fieros y de fuego, y monstruos de todas formas y especies a los que es preciso vencer antes de alcanzar la victoria. Confieso que estoy perplejo de verme elevado a un honor del que me siento indigno: el de ser esposo de Mercédès.