Y sin embargo, en lugar del silencio y la solemnidad que exigía la ocasión, de la multitud surgieron risas y bromas. Era evidente que la ejecución era, a los ojos del pueblo, solo el comienzo del Carnaval.
De repente el tumulto cesó, como por arte de magia, y las puertas de la iglesia se abrieron. Una cofradía de penitentes, vestidos de pies a cabeza con túnicas de sayal gris, con agujeros para los ojos, y sosteniendo en sus manos cirios encendidos, apareció primero; el jefe marchaba a la cabeza.
Detrás de los penitentes iba un hombre de enorme estatura y corpulencia. Estaba desnudo, a excepción de unos calzones de tela de cuyo lado izquierdo colgaba un gran cuchillo en su vaina, y llevaba sobre el hombro derecho un pesado martillo de hierro.
Este hombre era el verdugo.
Tenía, además, sandalias atadas a los pies con cordones.
Detrás del verdugo venían, en el orden en que debían morir, primero Peppino y luego Andrea. Cada uno