muerte, para correr hacia usted.
—¿Viene usted, pues, de casa del conde de Morcerf? —preguntó Montecristo.
—No —dijo Morrel—, ¿ha muerto alguien en su casa?
—El general acaba de descerrajarse un tiro en la cabeza —respondió Montecristo con la mayor tranquilidad.
—¡Oh, qué terrible acontecimiento! —exclamó Maximiliano.
—Ni para la condesa ni para Alberto —dijo Montecristo—; un padre o un marido muerto vale más que uno deshonrado; la sangre lava la vergüenza.
—Pobre condesa —dijo Maximiliano—; ¡la compadezco mucho; es una mujer tan noble!
—Apiádate también de Alberto, Maximiliano; porque créeme, es el digno hijo de la condesa. Pero volvamos a ti. Has venido a verme con premura; ¿puedo tener la dicha de serte