aventurero cosido a oro y pedrería. Te haces llamar en París el conde de Montecristo; en Italia, Simbad el Marino; en Malta, ya olvido qué. Pero es tu verdadero nombre el que quiero saber, en medio de tus cien nombres, para pronunciarlo cuando nos encontremos a combatir, en el momento en que te clave mi espada en el corazón.
El conde de Montecristo se puso terriblemente pálido; su mirada parecía arder con un fuego devorador. Corrió hacia un vestidor contiguo a su dormitorio y, en menos de un instante, arrancándose la corbata, la levita y el chaleco, se puso una chaqueta y un sombrero de marinero, de bajo del cual asomaba su largo cabello negro. Regresó así, formidable e implacable, avanzando con los brazos cruzados sobre el pecho hacia el general, quien no lograba comprender por qué había desaparecido, pero que al verlo de nuevo, sintiendo castañetear los dientes y flaquear las piernas, retrocedió y solo se detuvo al encontrar una