—Este maldito sujeto —murmuró, negando con la cabeza—; ya dije en su momento que causaría sensación aquí, y mido su efecto mediante un termómetro infalible. Mi madre se ha fijado en él, por lo que, a la fuerza, debe de ser notable.
Bajó a las caballerizas, no sin cierto ligero disgusto, al recordar que el conde de Montecristo se había apoderado de un «coche» que relegaba a sus alazanes a un segundo puesto en la opinión de los entendidos.
—Muy decididamente —dijo—, los hombres no son iguales, y debo suplicar a mi padre que desarrolle este teorema en la Cámara de los Pares.