qué ha hecho usted para aspirar a este honor?», demandó el teniente.
—«He matado a vuestro jefe, Cucumetto, cuyas vestiduras llevo puestas; y prendí fuego a la villa San-Felice para conseguir un vestido de novia para mi prometida».
—Una hora después, Luigi Vampa era elegido capitán, en sustitución de Cucumetto, fallecido.
—Bueno, querido Alberto —dijo Franz, volviéndose hacia su amigo—, ¿qué opinas del ciudadano Luigi Vampa?
—Digo que es un mito —respondió Alberto—, y que nunca ha existido.
—¿Y qué podrá ser un mito? —inquirió Pastrini.
—La explicación sería demasiado larga, querido anfitrión —respondió Franz.
—¿Y dice usted que el signor Vampa ejerce su profesión en este momento en los alrededores de Roma?
“Y con una audacia de la que ningún bandido antes que él dio ejemplo.”
—¿Entonces la policía ha tratado en vano