a acentuar la expresión de autosuficiencia que caracterizaba su rostro.
El resto de la persona de Mademoiselle Eugénie guardaba perfecta consonancia con la cabeza que acabamos de describir; ella, en efecto, recordaba a Diana, como observaba Château-Renaud, pero su porte era más altivo y resuelto.
En cuanto a sus conocimientos, el único defecto que se les podía encontrar era el mismo que un sibarita exigente habría podido hallar en su belleza: que eran algo demasiado eruditos y varoniles para una persona tan joven. Era una poliglota perfecta, una artista de primera categoría, escribía poesía y componía música; al estudio de esto último afirmaba estar enteramente consagrada, dedicándose a ello con una perseverancia infatigable, ayudada por una compañera de colegio, una joven sin fortuna cuyo talento prometía desarrollarse en aptitudes notables como cantante. Se rumoreaba que era objeto de un interés casi paternal por parte de uno de los principales compositores de la época, quien la animaba a no escaturar esfuerzos en el cultivo de su voz, la cual podría convertirse en el futuro en una fuente de riqueza e independencia. Pero este consejo decidió categóricamente a la señorita Danglars a no comprometerse jamás dejándose ver en público con alguien destinado a la vida teatral; y actuando según este principio, la hija del banquero, aunque muy dispuesta a permitir que la señorita Louise d'Armilly (tal era el nombre de la joven virtuosa) practicara con ella durante el día, tenía muchísimo cuidado de no dejarse ver