la mayor sencillez, pero el dandy más exigente no habría podido encontrar nada que objetar en su atuendo. Cada prenda de vestir —sombrero, casaca, guantes y botas— era de los mejores creadores. Apenas aparentaba treinta y cinco años. Pero lo que a todos llamó la atención fue su extremo parecido con el retrato que Debray había trazado. El conde avanzó, sonriente, hacia el centro del salón y se acercó a Alberto, quien se apresuró a su encuentro tendiéndole la mano de una manera ceremonial.
—La puntualidad —dijo el conde de Montecristo— es la politeza de los reyes, según uno de vuestros soberanos, creo; pero no ocurre lo mismo con los viajeros. Sin embargo, espero que me disculpéis los dos o tres segundos de retraso; quinientas leguas no se recorren sin alguna dificultad, y sobre todo en Francia, donde, al parecer, está prohibido zurrar a los postillones.
—Querido conde —respondió Alberto—, estaba anunciando vuestra visita a algunos de mis amigos, a quienes había invitado en consecuencia de la promesa que me hicisteis el honor de hacerme, y a los que ahora os presento. Son el conde de Château-Renaud, cuya nobleza se remonta a los doce pares y cuyos antepasados tuvieron un asiento en la Mesa Redonda; el señor Lucien Debray, secretario particular del ministro del Interior; el señor Beauchamp, redactor de un periódico y terror del gobierno francés, pero de quien, a pesar de su celebridad nacional, tal vez no hayáis oído hablar en Italia, ya que su periódico está prohibido