—Pero lo hizo —dijo el señor Skimpole, levantando sus ojos risueños con juguetón asombro—; sí que interpuso esa figura ridícula, y lo hace, y lo volverá a hacer. Y por eso me alegra mucho quitarme de en medio e irme a casa con mi amigo Jarndyce.
Parecía pasarle desapercibido que la señora Skimpole y las hijas se quedaban atrás para vérselas con el panadero, pero esta era una historia tan vieja para todos ellos que ya se había vuelto algo de lo más natural.
Se despidió de su familia con una ternura tan aireada y graciosa como cualquier otro aspecto bajo el cual se mostraba, y se marchó con nosotros en perfecta armonía de espíritu.
Tuvimos la oportunidad de ver a través de unas puertas abiertas, al bajar las escaleras, que su propio apartamento era un palacio en comparación con el resto de la casa.
No podía sospechar, y no sospechaba, que antes de que terminara el día iba a suceder algo muy desconcertante para mí en aquel momento, y eternamente memorable por las consecuencias que trajo consigo.
Nuestro invitado venía de tan buen humor de camino a casa que yo no podía hacer otra cosa que escucharle y admirarle; ni estaba sola en esto, pues Ada se rindió al mismo hechizo. En cuanto a mi tutor, el viento, que había amenazado con fijarse en el este cuando salimos de Somers Town, dio un giro completo antes de que estuviéramos a un par de millas de allí.
Ya fuera con una puerilidad cuestionable o no en otros asuntos, el señor Skimpole tenía el disfrute infantil del cambio y del tiempo luminoso. De ningún modo fatigado por sus ocurrencias en el camino, estaba en el salón antes que cualquiera de nosotros; y lo oí al piano mientras aún atendía las tareas de la casa, cantando estribillos de barcarolas y canciones de taberna, italianas y alemanas, a montones.