una piedra rodante que no junta musgo, pero nunca pensé que te llevarías el poco musgo que les quedaba a Bagnet y a los niños para recostarse. Sabes qué tipo tan trabajador y formal es. Sabes lo que son Quebec, Malta y Woolwich, y nunca creí que hubieras tenido, o pudieras tener, el corazón para tratarnos así. ¡Ay, George! La señora Bagnet se arremanga la capa para secarse los ojos de un modo muy sincero: —¿Cómo pudiste hacerlo?
Cesando la señora Bagnet, el señor Bagnet retira la mano de su cabeza como si hubiera terminado el baño de ducha y mira con desconsuelo al señor George, quien se ha vuelto completamente blanco y mira con angustia la capa gris y el sombrero de paja.
—Mat —dice el soldado en voz baja, dirigiéndose a él pero sin dejar de mirar a su esposa—, siento que te lo tomes tan a pecho, porque de verdad espero que no sea para tanto. Ciertamente he recibido esta carta esta mañana —la cual lee en voz alta—, pero confío en que aún pueda solucionarse. En cuanto a lo de piedra movediza, bueno, lo que dices es verdad. Soy una piedra movediza, y estoy convencido de que jamás me he cruzado en el camino de nadie a quien le haya causado el menor bien. Pero a un viejo camarada vagabundo le es imposible querer a tu mujer y a tu familia más de lo que yo los quiero, Mat, y confío en que me mires con la mayor indulgencia posible. No creas que te he ocultado nada. No hace ni un cuarto de hora que tengo la carta.
—Vieja —murmura