Así que le digo a George cuando termina, ¿quién es esta anciana que ha visto? Y George me dice que es la señora Rouncewell, ama de llaves desde hace más de medio siglo de la familia Dedlock en Chesney Wold, en Lincolnshire. George ya me ha contado muchas veces antes que es de Lincolnshire, y le digo a mi viejo Lignum esa noche: «¡Lignum, esa es su madre, apost a cuarenta y cinco libras!».
Todo esto lo relata la señora Bagnet por vigésima vez al menos en las últimas cuatro horas. Lo desgrana como un pájaro, con un tono bastante alto, para que pueda ser oído por la anciana por encima del zumbido de las ruedas.
—Dios la bendiga y muchas gracias —dice la señora Rouncewell—. ¡Dios la bendiga y muchas gracias, alma digna!
—¡Querido corazón! —exclama la señora Bagnet de la manera más natural—. ¡A mí no me las dé, faltaría más! ¡Gracias a usted, señora, por estar tan dispuesta a pagarlos! Y téngase muy presente, señora, que lo mejor que puede hacer en cuanto descubra que George es su propio hijo es lograr que —por su bien— cuente con toda clase de ayuda para ponerse del lado correcto y librarse de una acusación de la que es tan inocente como usted o como yo. De nada sirve tener de su lado la verdad y la justicia; ¡tiene que tener la ley y a los abogados! —exclama la buena mujer, aparentemente convencida de que estos últimos forman una institución independiente y han roto su asociación con la verdad y la justicia para siempre jamás.
—Tendrá —dice la señora Rouncewell—, toda la ayuda que pueda conseguirse en el mundo, querida mía. Gastaré todo lo que tengo, y con alegría, para conseguirla. Sir Leicester hará lo posible, toda la familia hará lo posible. Yo—yo sé algo, querida mía; y haré mi propia súplica, como su madre separada de él todos estos años, y encontrándolo al fin en una cárcel.